Mi amor eterno

Karla Marcela Aguilar



El silencio imperante rompió la paz cuando ella entró al salón. Santiago levantó  la mirada, fijó sus ojos en su rostro y no olvidó jamás su sonrisa. No tardaron días en aceptar su amor. Cada momento fue intenso, quedó marcado en su piel, robó su corazón, la yema de sus dedos tocaron su alma.

Un amor eterno, un amor inolvidable, separado por miles de kilómetros: el desacierto de sus padres dificultaba todo intento por acortar la distancia. La inocencia de su enamorada hacía más puro el amor, prometía lo imposible. La imaginación de ambos había construido un futuro enlazado. Tiempo. Tiempo era lo único que interponía los deseos que ardían en la pareja por vivir juntos. Tenían que esperar. El tiempo haría que la pequeña creciera, fuera independiente, concretara sus estudios y, por fin, sí, por fin, soltara los límites que imponían sus padres.

Pasó el tiempo. Llegó lo que tanto esperaban. Ella estaba a punto de graduarse. Santiago hacía castillos de arena en los que habitaría con su amada. Habían estado cinco años juntos, tenían miedo de estar tan cerca, después de todo lo que habían vivido; cuántas llamadas, correos, aventuras, mentiras, sonrisas, rabia, lágrimas, todo unido por el amor. Sin embargo, no quedó intacto. Después de tanto tiempo lejos, los mensajes de sus padres habían calado sus deseos de vivir; vivir otra vida, diferente.

Santiago no dudaba de su amor, no deseaba más que una vida juntos, soñaba con su rostro suave, sus ojos brillantes, y su cabello, ese, ese que caía en sus hombros y se movía al ritmo del viento. Ella, en cambio, soñaba con descubrir el mundo. Sus expectativas eran altas: estudiar, viajar, vivir, amar. Era muy temprano en su vida para decidir. Santiago merecía todo o nada de ella, pero no más tiempo ni sueños incumplidos.

Un día, lo que tanto temía se hizo realidad. El tiempo abrumó el peso de su decisión. La pequeña, convertida en mujer, amaba a Santiago. Su entrega, su pasión, su alegría, todo en él le hacía pensar que no lo merecía. Ella dudaba, no tenía la misma manera de amar que él. Santiago, inmediatamente, sin importar el dinero o el trabajo, fue a su lado. La buscó, la miró a los ojos y le suplicó que repitiera esas palabras frente a él, que le dijera a sus ojos que no quería una vida a su lado. Le tomó sus manos, le dijo que la amaba, que su futuro sería brillante, que no dudaba que la vida le daría mucho. Las lágrimas corrieron. “Sara, siempre serás el amor de mi vida”, dijo con un nudo en la garganta Santiago, dio un beso en su frente y se alejó, sin volver atrás.

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