Renaciendo desde el dolor

La vida de Rosa María no había sido fácil.  Pudo terminar sus estudios con mucho esfuerzo. Se casó muy joven y con muchas ilusiones. Siempre creyó que la vida con su príncipe azul sería eterna, pero terminó cuando Memito, su hijo menor, apenas tenía unos meses de nacido. Quedó sola a cargo de sus cuatro hijos. Su madre le ofreció compartir su casa. Tuvo que buscar un trabajo que le permitiera cubrir todas las necesidades de los niños y del hogar.

Sus estudios como contadora le permitieron ubicarse en un despacho contable ubicado en el centro de la capital. Asumió su trabajo con mucha responsabilidad y dedicación. Puso todo su empeño por ganarse la confianza de sus jefes. A pesar de vivir fuera de la ciudad, en los dos años que tenía de trabajar, nunca llegó después de la hora de entrada. Al llegar, apenas disfrutaba de un café caliente y daba inicio a su rutina: cuadrar cuentas, revisar libros, atender clientes y además lo que su jefe le asignaba con urgencia.

A menudo su jornada terminaba después que todos se marchaban. Eso la angustiaba. Quería disfrutar más a sus hijos, pero su trabajo la absorbía demasiado. Regresaba agotada. Desde algunos meses le costaba conciliar el sueño. Sufría de dolores en la espalda y el pecho. Creyó que el cansancio y las preocupaciones del hogar eran la causa de su malestar. Pensó que con solo relajarse y descansar se sentiría bien.

Lucía, su compañera de trabajo, notó que Rosita disimulaba sus dolores. De vez en cuando se llevaba la mano al pecho y un leve gesto de dolor la delataba. Le preocupó que su amiga pudiera estar enferma y quisiera ocultarlo para no dejar su trabajo, que tanto necesitaba. En cierta ocasión, la encontró apoyada en el escritorio con un fuerte dolor de espalda. Le sugirió que debía visitar un médico. Sus dolores podían ser el aviso de una enfermedad grave. Le ofreció acompañarla si ella lo aceptaba. Rosa accedió porque confiaba en su amiga y su compañía le daba fortaleza.

Después del chequeo médico y varios análisis, el especialista le dio una noticia que jamás hubiera querido escuchar. Tenía cáncer de seno. Estaba en una etapa inicial y debían actuar muy rápido con el tratamiento para frenar su avance. Su vida se derrumbó. Pasaron por su mente muchos pensamientos, no quería dejar a sus cuatro hijos sin madre. Después de un largo silencio en el que sus lágrimas le habían mojado sus manos al caer, recuperó su aliento. Escuchó los detalles del largo camino que debía recorrer para su recuperación.

La noticia fue impactante para sus hijos y su madre. Pero la fortaleza de Rosa María los impresionó. No estaba dispuesta a morir. Lucharía hasta el final. Después de varias sesiones de quimioterapia y tratamientos adicionales, el médico le dio un nuevo diagnóstico: el cáncer había cedido. Tenía una nueva oportunidad para vivir. Decidió disfrutar cada segundo como un gran acontecimiento irrepetible. Volvía a la vida y la viviría plenamente.

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