Un nuevo comienzo
Marta Rodríguez
Un día de verano, la familia Meléndez se fue a acampar a El Trifinio, un bosque con un clima fresco y lleno de árboles. Todos estaban emocionados era la primera vez que iban a acampar. Llegaron. Se acomodaron y armaron su campamento. Después de comer el almuerzo, tenían planeado escalar la montaña de El Trifinio esta era alta y con muchos senderos. Se dispusieron a subir mientras lo hacían disfrutaban de la naturaleza, respiraban aire puro, se refrescaban tomando agua de los cristalinos nacimientos. La familia disfrutaba no solo de los paisajes, sino de ese momento en donde todos estaban juntos disfrutando.
En la cima de la montaña, en el punto donde se une El Salvador, Honduras y Guatemala. Se tomaban fotos, descansaban un rato, conversaban y tomaban la merienda. Juan, el hijo mayor, empezó a decir que bajaran, que podía oscurecer. Su madre le decía que esperaran un poco. Eso enojó a Juan y los llevó a una discusión. Ellos no tenían muy buena relación. Juan era un chico rebelde, orgulloso y prepotente, tenía un carácter difícil. Su madre, Rosa, era cariñosa y alegre, pero a veces con Juan perdía la paciencia. Después de una larga discusión, Juan, molesto, decidió que ya no quería esperar a nadie y empezó a bajar.
Mientras escuchaba música con sus audífonos, hacía su recorrido rumbo al campamento. Los caminos eran confusos, a veces se abrían hacia la derecha y a la izquierda. Dudaba mucho. Sin embargo, pensó, debo ir por los caminos que me parezca que van hacia debajo de la montaña. Sentía mucho miedo. Empezaba a oscurecer y no sentía que se acercaba al campamento. Empezó a preocuparse cada vez más. Buscaba señal en su celular y no había. Sentía una gran incertidumbre. Después de un rato, de lo único que tenía seguridad es que ya era de noche y estaba perdido.
En medio del bosque, con una luna que iluminaba como si fuese una lámpara y con las estrellas más grandes que había visto en su vida, se sentó al lado de un árbol, a esperar a que pasara la noche. Estaba asustado no sabía qué peligros podía tener un bosque a esa hora. Esa noche no durmió, el rocío de la noche le empapaba la ropa, los coyotes se acercaban a olerlo, mientras él se quedaba quieto, temblando del frío y de miedo. Empezó a pensar que ese sería su fin, que el último día de su vida se había peleado con su madre y que todo acabaría así. En ese momento decidió que si sobrevivía lo primero que haría es disculparse con su madre. Empezó a pedirle a Dios una segunda oportunidad. Entre pensamiento y pensamiento, análisis de su vida y meditación. Llegó la mañana. Había sobrevivido, pero tenía hipotermia y no podía moverse.
Sus familiares, preocupados porque no había llegado al campamento toda la noche, empezaron a preguntar a los guardabosques y los camperos si sabían algo del paradero de Juan. Nadie sabía nada, nadie lo había visto. Uno de los grupos de camperos, se disponía a subir ese día en la mañana a la montaña. Cuando iban a mitad del camino, se escuchaba que alguien decía con voz muy suave: “¡Ayuda!”; a pesar de que el sonido fue suave y todos iban platicando alcanzaron a escucharlo. Dos del grupo empezaron a buscar en los alrededores. Allí estaba. Con sus ropas mojadas, temblando de frío. Habían encontrado a Juan. Lo bajaron cargado hasta su campamento. Su familia no lo podía creer, estaba vivo, era un milagro que lo hubiesen encontrado. Juan entendió que allí estaba la respuesta a su petición. Temblando de frío se acercó a su madre, la abrazó y se disculpó por haberla tratado mal. Su madre en lo único que podía pensar era en que su hijo estaba vivo y que cualquier cosa que hubiese pasado entre ellos estaba olvidada. Juan solo pensó es mi momento de ser una persona mejor. Es mi segunda oportunidad.
Un día de verano, la familia Meléndez se fue a acampar a El Trifinio, un bosque con un clima fresco y lleno de árboles. Todos estaban emocionados era la primera vez que iban a acampar. Llegaron. Se acomodaron y armaron su campamento. Después de comer el almuerzo, tenían planeado escalar la montaña de El Trifinio esta era alta y con muchos senderos. Se dispusieron a subir mientras lo hacían disfrutaban de la naturaleza, respiraban aire puro, se refrescaban tomando agua de los cristalinos nacimientos. La familia disfrutaba no solo de los paisajes, sino de ese momento en donde todos estaban juntos disfrutando.
En la cima de la montaña, en el punto donde se une El Salvador, Honduras y Guatemala. Se tomaban fotos, descansaban un rato, conversaban y tomaban la merienda. Juan, el hijo mayor, empezó a decir que bajaran, que podía oscurecer. Su madre le decía que esperaran un poco. Eso enojó a Juan y los llevó a una discusión. Ellos no tenían muy buena relación. Juan era un chico rebelde, orgulloso y prepotente, tenía un carácter difícil. Su madre, Rosa, era cariñosa y alegre, pero a veces con Juan perdía la paciencia. Después de una larga discusión, Juan, molesto, decidió que ya no quería esperar a nadie y empezó a bajar.
Mientras escuchaba música con sus audífonos, hacía su recorrido rumbo al campamento. Los caminos eran confusos, a veces se abrían hacia la derecha y a la izquierda. Dudaba mucho. Sin embargo, pensó, debo ir por los caminos que me parezca que van hacia debajo de la montaña. Sentía mucho miedo. Empezaba a oscurecer y no sentía que se acercaba al campamento. Empezó a preocuparse cada vez más. Buscaba señal en su celular y no había. Sentía una gran incertidumbre. Después de un rato, de lo único que tenía seguridad es que ya era de noche y estaba perdido.
En medio del bosque, con una luna que iluminaba como si fuese una lámpara y con las estrellas más grandes que había visto en su vida, se sentó al lado de un árbol, a esperar a que pasara la noche. Estaba asustado no sabía qué peligros podía tener un bosque a esa hora. Esa noche no durmió, el rocío de la noche le empapaba la ropa, los coyotes se acercaban a olerlo, mientras él se quedaba quieto, temblando del frío y de miedo. Empezó a pensar que ese sería su fin, que el último día de su vida se había peleado con su madre y que todo acabaría así. En ese momento decidió que si sobrevivía lo primero que haría es disculparse con su madre. Empezó a pedirle a Dios una segunda oportunidad. Entre pensamiento y pensamiento, análisis de su vida y meditación. Llegó la mañana. Había sobrevivido, pero tenía hipotermia y no podía moverse.
Sus familiares, preocupados porque no había llegado al campamento toda la noche, empezaron a preguntar a los guardabosques y los camperos si sabían algo del paradero de Juan. Nadie sabía nada, nadie lo había visto. Uno de los grupos de camperos, se disponía a subir ese día en la mañana a la montaña. Cuando iban a mitad del camino, se escuchaba que alguien decía con voz muy suave: “¡Ayuda!”; a pesar de que el sonido fue suave y todos iban platicando alcanzaron a escucharlo. Dos del grupo empezaron a buscar en los alrededores. Allí estaba. Con sus ropas mojadas, temblando de frío. Habían encontrado a Juan. Lo bajaron cargado hasta su campamento. Su familia no lo podía creer, estaba vivo, era un milagro que lo hubiesen encontrado. Juan entendió que allí estaba la respuesta a su petición. Temblando de frío se acercó a su madre, la abrazó y se disculpó por haberla tratado mal. Su madre en lo único que podía pensar era en que su hijo estaba vivo y que cualquier cosa que hubiese pasado entre ellos estaba olvidada. Juan solo pensó es mi momento de ser una persona mejor. Es mi segunda oportunidad.



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